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La Coctelera

PAtriciA reDacciÓn

Existen peores cárceles que las palabras...

26 Abril 2006

Diario de un esclavo en el año 3000

Un día cualquiera...
A mi alrededor todo era oscuridad. Caminé unos treinta pasos por un sendero desconocido y, de repente, sentí una voz grave y ronca que me gritaba agitadamente desde la penumbra. El sonido flotaba en el aire, como la espesa niebla que se acumula entre las lápidas de los cementerios. Me estremecí y un escalofrío me recorrió la espalda; podía sentir como el viento silbaba a mi espalda y notaba la carne de gallina debajo de mi abrigo. En ese momento, una mano se posó en mi hombro. Rápidamente, hice el ademán de girarme y…
Los insistentes zumbidos del transistor que llevo ceñido alrededor de la muñeca resonaban distantes en un pequeño hueco de mi mente. Entreabrí los párpados, soñoliento, y los rayos de luz que se filtraban por la pequeña ventana de mi celda, hirieron mis ojos. Fui arrancado de las garras del sueño, al mismo tiempo que una renovada agilidad mental me permitía situarme otra vez en el espacio y en el tiempo y, por consiguiente, en la dura realidad.
El sonido amortiguado de cientos de pisadas terminó de despertarme y supuse que los demás esclavos ya se estaban dirigiendo, obedientes, al Patio de Reclusión. Consciente de que no podía demorar más mi salida, me desconecté de la Máquina de Descanso tan rápido como pude. Las imágenes de mi sueño aún estaban presentes en mi cabeza, que de un modo inconsciente trataba de buscarles algún significado. Tenía la ligera sensación de que ya había soñado lo mismo otras veces y juraría que aquella voz, la que me gritaba en sueños, me resultaba familiar. Estas sensaciones siempre habían despertado en mí recuerdos que creía olvidados, pero esta vez era diferente; me sentía como si todo un pasado oculto en mi interior pugnase por salir. Ciertamente, había sido un sueño extraño, pero aún así me sentí afortunado. De todos los chicos con los que comparto el Centro de Modificación de Conductas, yo soy el único que aún conservo la capacidad de soñar. Los transistores con los que nos identifican y nos controlan afectan también a nuestra forma de pensar y coaccionan nuestro comportamiento. Emitiendo unas ondas que actúan sobre nuestros subconscientes, bloquean los estímulos eléctricos que nos permiten soñar, tener pensamientos violentos o incluso comunicarnos con determinados compañeros. Es así como consiguen tenernos bajo control, privándonos de nuestra intimidad y de nuestros pensamientos, hasta casi hacernos enloquecer.
Absorto, miré en derredor reparando en las desnudas paredes de la celda. En el fondo de la estancia y completamente automatizada se alza una imponente puerta de crystalio, un metal transparente derivado del cristal. Esta puerta, que en realidad no es más que la entrada a la Máquina Transportadora de Materia, constituye la única vía de escape por la que los esclavos podemos salir de nuestra celda. Me situé enfrente de la entrada a la máquina, impaciente, marqué los números de mi código de identificación y me dispuse a esperar un par de minutos mientras el ordenador analizaba y comprobaba todos los datos. Instintivamente, me fijé en mi imagen reflejada en la puerta crystalizada. A mis quince años, soy bastante más alto que los demás reclusos y mucho más fuerte, pero los esfuerzos a los que aquí nos someten han hecho ya mella en mi rostro y en mis manos. Mi cabello ya medía más de la longitud permitida, por lo que pronto me lo volverían a cortar a cero. Además, mis ojos, de un castaño oscuro, me han ocasionado numerosos problemas desde que estoy aquí, pues se supone que es un distintivo, un símbolo ligado al poder que sólo pueden poseer ellos.
Un ligero zumbido me devolvió a la realidad. La puerta se estaba abriendo y tenía que apresurarme si no quería llegar tarde, pues de otra forma, mi impuntualidad sería considerada como una muestra de indisciplina y sería duramente castigada. Mientras era transportado al Patio de Reclusión, sentí una pequeña descarga eléctrica en la mano izquierda, no muy intensa, pero si lo suficiente como para tensarme levemente los músculos del brazo. Un aviso. Eso era uno de los tres avisos que nos daban, como máximo, de plazo.
Sentí que mi cuerpo volvía a posarse en la tierra, mientras las imágenes de las excavaciones de Piedra Lunar en las que estamos trabajando se tornaban cada vez más nítidas.
- El esclavo número 25879462 acaba de llegar a la excavación.- escuché en cuanto finalizó el proceso de teletransporte- Cuenta con un aviso de indisciplina por llegar dos minutos tarde a la zona donde está destinado.
- Esclavo, diríjase a la sala 3, cuadrante de excavación 240- prosiguió una voz metálica- Por motivo de su retraso le queda terminantemente prohibido hablar con sus compañeros de cuadrante.
Con cierto alivio busqué rápidamente mi zona de trabajo. Por esta vez no me iban a mandar al Cuarto de Reajuste Neuronal, una estancia en la que el esclavo desobediente era sometido a un proceso de desneuralización. En la vida de un recluso, conservar el cerebro intacto es un privilegio de los más diligentes. Nosotros no podemos indignarnos, ni enfadarnos con nuestros amos y, desde que somos adquiridos, nos vacían de todo instinto de rebelión.
No tenemos nombre, solamente somos un número carente de significado; no conocemos el cariño ni la amistad, pues no nos está permitido aprender otra cosa que la dura realidad que aquí nos ofrecen; no valemos nada, ya que juntos formamos un todo pero individualmente somos prescindibles para la sociedad y para nuestros amos. Simples peones, casi autómatas, que ni siquiera podemos compadecernos de nosotros mismos porque no conocemos nada mejor.
Las horas pasaban con extremada lentitud mientras trabajaba en la extracción, en silencio. Desde allí no podíamos saber si era tarde, temprano, de día o de noche, pues las luces artificiales que iluminaban el Patio nunca variaban su intensidad. Pero, por supuesto, el tiempo transcurrió y todos fuimos llamados para dirigirnos a nuestras celdas.
Estaba muy cansado, y parecía que mis músculos se resentían con el más ligero movimiento. Pase por el Transportador y, después de un par de minutos, llegué de nuevo a mi habitáculo. Casi sin fuerzas activé el sensor de la Maquina de Descanso y cerré los ojos suavemente, dispuesto a dejar volar mi subconsciente. Me decidí a olvidar por un momento la monotonía de mi vida, regida por personas que ni siquiera conozco, y el hecho de estar completamente solo en el mundo. Y así, tratando de olvidar, el sueño me envolvió en su manto infinito, mientras me sentía, a pesar de todo, alguien especial. ¿Quién sabe si esta noche no volveré a soñar otra vez?

Éste es un relato escrito por mi hermeno Javier. He querido publicarlo en mi blog porque se que algún día él podía ser uno de los grandes escritores que admiro. Tiene 16 años y le encanta redactar. Yo creo que lo hace muy bien, ¿qué opinais?
Un beso Javi.

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